Felipe González se dirige al Congreso de la República de Guatemala tras recibir la Orden del Quetzal, máxima condecoración que otorga el gobierno de guatemalteco. Confiesa no conocer aún el país, pero destaca «su lucha y su sufrimiento por vivir en paz y desarrollarse«.
En su intervención pone en valor el consenso como elemento vertebrador de la Transición. Para González el entendimiento entre las distintas fuerzas políticas constituye una condición indispensable para construir el futuro del país, ya que ningún Estado puede avanzar sin acuerdos entre quienes representan la soberanía popular. Recuerda a los diputados guatemaltecos que ellos encarnan «los intereses de Guatemala, sus esperanzas y sus frustraciones«.
El expresidente reivindica la política «con mayúsculas», entendida como un espacio de diálogo y convivencia en el que confluyen distintas ideas, identidades e intereses. Este llamamiento tiene lugar en un contexto en el que Guatemala afronta las secuelas del «Conflicto Armado Interno» y de una profunda crisis de sus finanzas públicas.

